La pobreza energética es un concepto que día a día va cobrando mayor importancia: carecer de acceso a servicios modernos de energía es uno de los criterios (aunque no el único) que importan a la hora de definirla. A principios de los 90, la doctora Brenda Boardman la explicó así: “Un hogar se encuentra en pobreza de combustible si gasta más del 10% de sus ingresos para tener la calefacción adecuada”.

En el mundo, poco más de mil millones de personas carecen de acceso a la electricidad. Según la Agencia Internacional de Energía, el 95% de estas personas reside en el África Subsahariana y algunas zonas asiáticas con poco desarrollo. El 80% se encuentra en zonas rurales.

En Europa, el criterio de pobreza energética se extiende a aquellos hogares que deben aportar un porcentaje alto de sus ingresos para cubrir sus gastos en el rubro de energía (electricidad, calefacción, etc.). Por ejemplo, Austria define como “en pobreza energética” a hogares cuyos ingresos se encuentran en rangos de “riesgo de pobreza” y, aun así, para poder mantener un régimen satisfactorio de calefacción, deben pagar los costos promedio de energía. Bélgica, además de contemplar en riesgo de pobreza energética a los hogares que invierten un alto porcentaje de sus ingresos en pagar servicios de energía, considera que existe una pobreza energética encubierta. En ese rubro estarían los hogares cuyo gasto energético es inferior a la media en hogares del mismo tipo y tamaño.

En 2010, la ONU estableció como una prioridad clave en la agenda de desarrollo global, buscar el acceso universal a la energía. Las energías sustentables serán un elemento esencial para lograr este objetivo.

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